domingo, 16 de abril de 2017

En la cuerda floja


No voy a correr detrás de ti. Y mucho menos huir de ti. Estoy aquí, en el mismo lugar. Tú ya sabes el camino…  




  La que voy a contar a continuación es una historia extraña. Sé que muchos apenas la creerán por su inverosimilitud. Otros pensaran  que fue un mal sueño, pero puedo asegurar que fue  tal  y como la describo. 
 No es un cuento al uso, inventado para entretener a ociosos lectores,  fue real como la vida misma. Me ocurrió a mí  personalmente durante un intervalo de tiempo de unos seis meses aproximadamente. Y créanme, ahora sé que le pudiera pasar a cualquiera  en algún momento triste  de su vida.
  Los hechos ocurrieron aquí, en Madrid,  que era entonces mi lugar de residencia. Bajo mi punto de vista todo fue absolutamente verdadero, al menos,  a mí me lo pareció, incluso soy consciente que después de aquello no volví a ser el mismo, me transformé en otra persona, más sensible tal vez,  pero… también más desconfiado.
  No era la primera vez que veía a aquella  mujer tan extraordinaria, ni la segunda, pero fue a la sospechosa tercera ocasión cuando comencé  a preocuparme seriamente por mi suerte. Aunque  he de empezar por el principio para que el lector no se pierda ni un ápice del encadenamiento de los hechos…
  Aquella primera vez al observarla detenidamente (entre otras particularidades) me impactaron  sus  largos y hermosos cabellos negros; tan negros que destellaban  por doquier  reflejos azulados. Fue si mal no recuerdo en un centro comercial de la Castellana,  cerca de la plaza de Colón. Hará quizás seis  o siete meses.
  Entré en el local con la intención de visitar una exposición de coches antiguos que anunciaban en un gran cartel a la entrada, por cierto, ese mismo día y un poco antes acababa de recibir un gran susto. Al cruzar la enorme avenida por un paso de cebra bien señalizado, un vehículo, apurando su conductor la luz naranja del semáforo que se extinguía, dio un último acelerón  y casi me atropella.  Pero esto es otra historia y que en un principio deseché cualquier conexión con ella… ¡Y con lo que vino después..!
     Iba ése primer día vestida con un pantalón negro muy ajustado, lo que hacía que sus espectaculares curvas fuesen, digamos, bien perceptibles… Su torso, tan sugestivo,  lo cubría solo un jersey de punto fino también negro y tan ceñido que permitía a todo aquel que la miraba imaginar boquiabierto sus insinuantes y enhiestos pechos… ¡Qué duda cabe que era una mujer tremendamente atractiva!
  Además de su pelo  y de su espléndida figura  me impactaron sus enigmáticos y enormes ojos negros, sobre todo,  la mirada intrigante y comprometedora que me dirigió. Llevaba, por cierto,  una gran bolsa publicitaria de una tienda de moda asida de la mano…Sin embargo ese día no le di más importancia que la meramente casual. Otras veces y otras mujeres, por supuesto,  me han cautivado con un atrevido aleteo de pestañas. Algunos piensan, y con razón, que una mirada así basta para enamorarse. No voy a ser yo quien los contradiga.
   Cuando volví a verla… ¿casualidad?...coincidió con otro incidente que padecí. Un dolor inesperado y momentáneo en el pecho,  no demasiado fuerte que pasó pronto y me asusté, pero no le di más importancia. Ésta segunda vez había ocurrido un sábado por la noche, un par de meses después  y en una antigua sala de cine de la Gran Vía. Al salir de ella, distraído  y  comentando el pequeño percance, y la película con mi acompañante, tropiezo con una mujer, alzo la vista y  la contemplo… ¡Tan de cerca!… ¡Era ella….! Los mismos hermosos cabellos, los mismos ojos negros y, la misma nariz afilada, perfecta…. Nos miramos y puedo jurar que ambos nos reconocimos. Creí ver   en su mirada un guiño de complicidad que no supe cómo calificarlo. He de reconocer que desde aquella primera vez  no la olvidé y os aseguro que  no era para menos.
 Llevaba esa noche un liviano y vaporoso  vestido oscuro de verano con un amplio y generoso escote. Contrastaba, por cierto, con su piel extremadamente blanca,  a pesar de lo avanzado de la primavera. Todo hacía de ella una mujer increíblemente  bella y sugerente, pero enigmática y misteriosa a la vez. 
 A partir de ese segundo día anidó en mi corazón un  cierto temor,  desconocido hasta entonces. Algo oculto y  extraño emanaba de su figura, tenebroso quizás, pero que a mí me cautivaba. Ésta vez no iba sola, le acompañaba un hombre  joven, de unos cuarenta años, y bien vestido; podría pasar por un alto y ajetreado ejecutivo de cualquier multinacional. Me impresionó la lividez de su cara  y lo ausente de su semblante. Lo llevaba ella sujeto por el brazo, y él, parecía seguirla de manera inevitable. No le dije nada, aunque no por falta de ganas.
   No mucho después volví a verla por última vez ¡Y juro por dios que me dio un vuelco el corazón al reconocerla!...Fue en un  restaurante del centro donde últimamente suelo cenar. Estaba sentada sola en una mesa, frente a la mía y  con el mismo aspecto de siempre, majestuosa y lúgubre. 
 Sus ojos enseguida buscaron los míos. Y con la intensidad de su mirada parecía sugerirme  que me acercara, que fuera hacia ella…. ¡Que me estaba esperando…!. Temeroso me resistí por unos instantes, a pesar de que algo irreprimible me empujaba hacia ella. 
  Había terminado de cenar y también estaba solo. Pagué la cuenta y di rienda suelta a mis impulsos más primarios… Me acerqué con mucho recelo con la intención de hablar con ella; me apasionaba aquella mujer,  también la temía, y aun no sabía  por qué… 
     Cuando quise llegar a donde estaba, el camarero me llamó la atención  advirtiéndome del olvido de mi chaqueta colgada en la silla de mi mesa  donde había estado cenando. Di la vuelta unos segundos para recogerla, y con la chaqueta ya en la mano, al volver otra vez hacia a ella, de repente.. ¡Ya no estaba!... ¡Había desaparecido!... ¡Su mesa estaba vacía!... 
 Contrariado,  le pregunté al mismo camarero que si había visto salir a la hermosa mujer que hacía un rato ocupaba aquella mesa.  Con estupor le oí decir…
   -Señor, aquí no ha estado nadie. Ésta mesa está reservada todas las noches, desde hace unas semanas…La reserva una mujer que nunca se ha presentado. Eso sí, inexplicablemente antes del cierre aparece un cheque con el importe de la cena encima de la mesa.
    Salí del local aturdido por el impacto del incidente, y haciéndome mil preguntas acerca de mi salud mental. Era ya noche cerrada  y apenas había nadie por la calle.
  Caminaba hacia el aparcamiento en busca de mi auto, cuando... ¡¡De pronto, recibí un fuerte golpe en la cabeza que me hizo caer  y rodar por el asfalto….!! Perdí el conocimiento,  no volví a sentir nada más… hasta que... 
   ...Más tarde, en el hospital a donde me llevaron  y en la cama donde convalecía de la herida superficial que me hizo un atracador ésa pasada noche, lo supe…. Un gran infortunio me cortejaba. Una fatalidad rondaba mis pasos.  ¡¡Ésa mujer, bella y seductora, pero diabólica era… LA MUERTE.!!
  Cada vez que me encontraba con ella algo grave me iba a suceder… ¿Premonición?... ¿Mal presagio? 
 De momento prevaleció mi buena estrella. Fueron tres veces…tres,  las que tropecé de alguna manera con ella, y en todas bordeé peligrosamente el vacío más absoluto. No obstante,  puedo contar esta increíble historia  con cierta serenidad, pues salí ileso de todos sus encuentros. 
  Soy consciente de mi fragilidad, pero me produce cierta quietud el hecho de… ¡¡Haber pasado ya mucho tiempo sin saber nada de ella!!
  Aun así… realmente... no saber… ¿De quién?...


                                Joaquín Yerga
                                   08/11/2013

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